Aunque hace ya bastante tiempo que no me
considero cristiano (que sí creyente, mi camino de fe se revitaliza tras largos
años de letargo y les hablaré de ello en otra ocasión) sigo con bastante
interés el modo en que el papa Francisco está sacudiendo la Iglesia Católica.
Este papa que se ha ido a vivir a una residencia de sacerdotes desdeñando el
lujoso apartamento papal, que ha jubilado el papamóvil blindado y conduce un
utilitario Fiat llevado de cabeza a su servicio de seguridad y que en general
está suprimiendo la pompa y el boato del protocolo pontificio es el artífice de
un impulso reformista desconocido en la cátedra de Pedro desde aquel lejano en
que Juan XXIII, el papa bueno, decidiese que la Iglesia necesitaba un
soplo de aire fresco y convocara el Concilio Vaticano II.

Estos mensajes son tan incómodos como un
puñetero grano en el culo para aquellos que piensan que la fe se lleva puesta y
se limita a un fervor de pacotilla cara a la galería, con besamanos al obispo
sobrealimentado de turno, rezo de rosarios, ramos de flores a María y misa los
domingos y las fiestas de guardar. La fe cambia a la persona de dentro hacia
fuera. La experiencia de Dios ilumina al ser humano desde lo profundo de su
alma y emana su luz bañando con ella cuanto le rodea. Ello se traduce en buenas
obras, comportamiento correcto, sometimiento del propio estilo de vida a los
dictados recogidos en la
Palabra de Dios revelada a la humanidad y recogida en los
Textos Sagrados. La curia vaticana y todo el cortejo de católicos, apostólicos,
romanos, beatos, mojigatos e hipócritas; sepulcros blanqueados que por dentro
son todo podredumbre, parecen haberse olvidado de ello, sin menoscabar a la
base de cristianos que sí viven su fe con coherencia. A éstos da esperanza un
papa como Francisco, un papa por cuya vida algunos ya temen, como el teólogo
Leonardo Boff o el jesuita José Enrique Ruiz de Galarreta; porque Francisco no
se está quedando en palabras: está impulsando una enérgica política de
saneamiento de las finanzas vaticanas, muy desprestigiadas por los escándalos
aireados a mediados de año, al mismo tiempo que se rodea de un grupo de ocho
cardenales de confianza para acometer una ambiciosa reorganización de la curia.
Esto puede poner nerviosos a muchos elementos, algunos de ellos poco
recomendables. Han circulado rumores sobre la animadversión que se está ganando
Francisco entre capos de la mafia, que se dan por aludidos cuando el pontífice
ataca la doble moral de los ricos y poderosos. También cunde el nerviosismo
entre los sectores más reaccionarios del catolicismo, como el Opus Dei, que de
posición tan prominente gozara en el Vaticano con los dos anteriores papas,
pero que ahora podría verse fuera de lugar en este nuevo rumbo que Francisco defiende.
No quisiera estar en el pellejo de Domenico
Giani, jefe de la seguridad vaticana y escolta personal del papa. Tendría la
sensación de tener una diana pintada en la espalda. Por Francisco hay que
rezar, porque hay gente o gentuza que a la fuerza no tiene que quererle bien.
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