Hace
muchos años leí en una revista una viñeta del gran humorista gráfico y escritor
Jaume Perich Escala, “el Perich”, como solía firmar. En ella se representaba a
sí mismo junto a un precipicio diciendo: “¡Qué
ganas tengo de que alguien se caiga por aquí y se mate para que pongan de una
vez la valla protectora!”. Que Dios lo tenga en su gloria, pues falleció en
1995. Su agudo sentido del humor nos habría venido muy bien en estos aciagos
momentos.
Así es como funcionamos en este país… cuando
funcionamos. Esta vez ha sido preciso que salte por un balcón una ex concejal
de un partido mayoritario acosada por una orden de embargo y con los agentes
judiciales pulsando en el portero electrónico para que los politicastros de
turno desplacen sus culos y se pronuncien
públicamente sobre la brutal y arcaica ley hipotecaria vigente en este país y
tomen alguna medida… que ya veremos en qué queda al final. El mes pasado se
suicidó en su casa, la víspera del desahucio, un quiosquero granadino y no hubo
tal reacción. “Es que se trata del
segundo suicidio por un desahucio en menos de treinta días” dirá algún
bienintencionado políticamente correcto. Lo que es yo, que como muerto de
hambre que soy me puedo dar el lujo de ser políticamente incorrecto, dudo que
se hubiese armado tal revuelo entre la clase política si el segundo suicidado hubiera sido un albañil en
paro con tres hijos pequeños.

Habrá quien piense que tengo muy mal gusto por
expresarme en estos términos. Es posible que así sea, pero en este país los
dramas sociales y familiares se llevan sucediendo todos los días desde hace
años sin que a casi nadie le importe un pimiento. Muchas familias han ido a la puñetera calle y sólo se han movilizado por ellas las plataformas
ciudadanas anti-desahucio exponiéndose a recibir los porrazos de la policía. Recientemente el poder judicial si que ha empezado a alzar su voz antes de que la pobre Amaia saltara por el balcón. La ley hipotecaria debe ser cambiada.
La
historia de Amaia Egaña, sin duda alguna, es un drama personal, pues su
voluntad de morir ha sido inequívoca y el método elegido para ello expeditivo. Amaia Egaña no
quería llamar la atención, quería morir, sin embargo su drama no ha sido el de la
gente humilde aplastada por los poderosos. Su drama ha sido de otra índole y no
por ello menos terrible, pero ha sido el que al final ha movido las voluntades. ¡Qué le vamos a hacer! Parece que gracias a su suicidio alguien
se ha acordado, como en la viñeta del Perich, que hay que poner la dichosa
valla protectora. A ver si es verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario