Cuentan que estando el emperador Septimio
Severo en su lecho de muerte, dio a sus hijos Geta y Caracalla el siguiente
consejo: “Mantened la paz, enriqueced a
los soldados y burlaros del resto”. No
parece un mal consejo, dada la fea costumbre de los ejércitos romanos de la
época en que el imperio se iba degradando rápidamente de escabechar y proclamar
emperadores, para luego escabechar al nuevo y proclamar otro. Mantener contenta
a la soldadesca parecía la mejor manera para asegurarse una vida larga después
de vestir la púrpura. La razón de esta coyuntura tan terrible era simple: el
Imperio Romano era un gigante moribundo que había empezado a corromperse por
dentro… y olía que apestaba. Las instituciones del Estado carecían de
credibilidad y los militares habían
asumido una cuota de poder que no les correspondía.
¿Qué cuota de poder le corresponde actualmente
a los militares? Podría preguntarse alguien. La respuesta es simple: ninguna. En
una sociedad democrática un militar es un funcionario del Estado, un servidor
público, absolutamente supeditado a las directrices del gobierno del país y
sólo moralmente autorizado a rebelarse si las directrices del gobierno
contravienen las de organismos supranacionales
como las Naciones Unidas. Evidentemente esto es pura teoría, pero así
debería ser. Con unas fuerzas armadas leales a estos principios, no se habrían
producido la mayor parte de los golpes de estado habidos en el siglo XX, como
el que dio lugar a la Guerra Civil Española, por ejemplo.
Últimamente se habla mucho de golpes de
estado, aquí en España. Se tilda de golpe de estado a la moción de censura que
ha puesto fin al gobierno de M. Rajoy (cosa absurda, puesto que la moción de
censura es una figura absolutamente legal en nuestro orden político) y también
se tilda de golpe de estado a la chapuza perpetrada por el gobierno de la
Generalitat con el referéndum y la penosa declaración de independencia de medio
minuto (cosa también absurda, pues falta la componente necesaria del levantamiento violento, salvo que
consideremos violencia los chillidos de aquella mujer que era arrastrada
escaleras abajo por los agentes de
policía).
Usar la expresión golpe de estado a la ligera constituye una grave irresponsabilidad;
cuya única disculpa (relativa) es la ignorancia, cuando no un acto deliberado
de manipulación interesada. Olvidamos el hecho de que un golpe de estado es una
insurrección armada que sólo puede ser llevada a cabo con éxito por militares
(ni siquiera por un grupo de policías armados con pistolitas) para dominar los
puntos clave del país y forzar un cambio de gobierno. El autor italiano Curzio
Malaparte, aplica el concepto también a actos de desestabilización social de
origen civil, pero ello sería discutible y yo particularmente no estoy de acuerdo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario