Pues sí, es cierto y para mí
resulta significativo. Verán, de un tiempo a esta parte los gorriones se habían
visto desplazados de los barrios y parques en los que habían vivido en mi
ciudad, Málaga, de toda la vida de Dios por esas odiosas cotorras de color
verde esmeralda que proliferan como conejos y que han invadido el ecosistema al
ser soltadas voluntaria o involuntariamente por los irresponsables dueños que
las adquirieron en las pajarerías. Ahora poco a poco se está volviendo a ver
gorriones, tan confiados ante la presencia humana como yo los recordaba, como
este que vino a posarse cerca de mí mientras me tomaba un té esta mañana.

A veces echo de menos aquellas playas de la
Misericordia a las que casi daba miedo ir.
Algo parecido pasa con el puerto, reciente
reformado sustituyendo el muelle de carga con las vetustas grúas por un
primoroso bulevar pomposamente bautizado como “Palmeral de las Sorpresas”.
Restaurantes, bares, tiendas pijas, puerto deportivo. “Un espacio ciudadano muy
necesario para la ciudad de Málaga”
recitaba el alcalde, pero que resulta que está situado junto a otro
amplio espacio ciudadano, que es el parque, plantado en el siglo XIX y con una
gran variedad de especies vegetales. ¿Espacio ciudadano o espacio para los
cruceristas que desembarcan para dejarse los dineros?
A veces echo de menos aquel puerto cutre y
añejo en el que, por lo menos, se posaban las gaviotas. Las viejas grúas ya no
están, sustituidas por las mastodónticas máquinas que en el puerto mercante
cargan y descargan contenedores. El progreso que nos arrasa.
Yo soy urbanita por naturaleza. Nunca he
pretendido lo contrario, pero prefiero los parques con árboles a las avenidas
llenas de tienditas pitiminí, los bares pequeños a las cervecerías de
franquicia que son iguales en todas las ciudades, las callejas adoquinadas a
las arterias de hormigón, las fachadas antiguas a los ventanales de vidrio y
una buena flota de autobuses a un metro que nos ha destripado la ciudad y que
aún no vemos funcionando después de tantos años de
obras. Mi pequeño gorrión, discreto y sin estridencias, representa lo que quiero para mi ciudad, no es brillante y exuberante como la cotorra, pero yo lo prefiero. A la
larga no da tantos problemas.
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