martes, 15 de mayo de 2012

SOBRE FIESTAS Y JUGUETES


 Encuentro que celebrar un cumpleaños infantil es un coñazo. Mi ánimo fiestero es equivalente al de una monja de clausura con voto de silencio y mi habilidad para organizar celebraciones para niños la de un sargento chusquero a punto de jubilarse y con tendencia a beber más de la cuenta. Es por ello que las fiestas de cumpleaños en las franquicias de comida basura han constituido mi salvación. Por un módico precio (56€ para ocho criaturitas) les ponen el menú infantil, te regalan una tarta de chocolate de un kilo, les hacen a cada uno un regalito de mierda y pueden estar potreando en la cosa esa rara, a medias tobogán y a medias terrario gigante, hasta la hora del cierre. Encima te lo llevan todo a la mesa y no tienes que guardar cola si quieres pedir un extra (yo no pude resistirme a una hamburguesa gigante). ¡Para colmo ahora puedes rellenar el vaso de refresco una y otra vez hasta que te salgan las burbujas de gas por las orejas! ¡Es un sueño, a los niños les encanta y no tienes que limpiar al final! ¿Qué más se puede pedir? Habrá algún ciudadano con feroz conciencia social  que me considere frívolo y superficial por hacerle el juego a una multinacional. Lo asumo. El año pasado me harté a hacer sándwiches, alquilé un local de esos habilitados para celebraciones, acabé con un ataque de nervios por el salvajismo al que pueden llegar los niños y encima luego hubo que recoger. Una mierda. Prefiero contratar a un mercenario. Lo siento.

 Mi falta de escrúpulos en lo que al fiestorro se refiere se ven compensados con los que experimento ante los juguetes. Este año mi hija ha recibido dos. Uno es una Monster High, parte de una horrenda colección de muñecas con serie de dibujos animados propia. Enésima revisión del tópico de la chica mona y popular de instituto de secundaria norteamericano, subalimentada, sobre maquillada y sexualmente precoz, lo cual no llega nunca a explicitarse mediante comportamientos, pero que queda de sobra implícito en las faldas ridículamente cortas, los tacones inverosímilmente altos y las poses estudiadas. Algo así como la Lolita de Navokov, pero con menos morbo y un punto de vulgaridad. A las niñas les encantan y mi hija quería una. Como soy de la creencia de que prohibir algo le da un aura de misticismo a ese algo que no hace sino acrecentar el deseo de ello, me avine a comprársela, seguro de que acabará pronto olvidada en un rincón, lo mismo que las Bratz y las Barbies de años anteriores. Considero a estas muñecas nefastas por la visión tan deleznable que transmiten sobre la mujer, pero no voy a caer en el esnobismo de negarle una a mi hija y comprarle en cambio una muñeca de trapo de una tienda de comercio justo. Tenemos que educar a los hijos, no moldearlos a nuestro gusto. Darles lo que piden (dentro de unos límites) es parte de esa educación. Tenemos derecho a probar la superficialidad antes de elegir otra cosa, si es de Dios que elijamos otra cosa. El conocimiento es libertad y nace de la experiencia. Las perras muñecas están prácticamente agotadas en  Málaga, sólo en Toys ´r Us encontré una triste estantería donde aún quedaban una docena de estos engendros infernales. Las comuniones de mayo han arrasado con ellas.

 El otro juguete es el Arca de Noé de Playmóbil. Siendo niño disfruté de estos muñequitos cuando eran bastante más toscos y se llamaban aún los “Clicks” de Famóbil. Tuve el barco pirata, que era la leche. Veo que la niña disfruta jugando con esos muñecos tanto como lo hice yo, inventando historias sobre ellos y escenificándolas. La imaginación al poder. El Arca de Noé estaba sensiblemente rebajada de precio en el Toys ´r Us. Se ve que tiene poca salida, pero a mi hija le ha encantado. Mantengo viva la llama de la esperanza, ruego porque dentro de ella la superficialidad de las muñecas anoréxicas quede relegada por la solidez de un juguete de toda la vida que invita a una conversación: “Papá, en el cole hemos hablado de Noé…”


 Mi hija crece. Los cumpleaños infantiles tocan a su fin. Acaban unos retos y empiezan otros. Seguiremos acompañando sin querer moldear… o al menos lo intentaremos.

domingo, 13 de mayo de 2012

SOBRE CÓMO UNA MALA DECISIÓN ME ESTROPEÓ LA NOCHE EN BLANCO


 Llevaba todo el año esperando la Noche en Blanco. Un acontecimiento que lleva varios años celebrándose en mi ciudad, Málaga, consistente en el acceso gratuito a museos y demás muestras culturales entre las 20:00 horas del sábado y las 2:00 del domingo en un fin de semana de mayo. El año pasado me enteré de que se hacía (figúrense mi atolondramiento) justo cuando estaba comenzando y me eché a la calle con lo primero que pillé. Este año me propuse que lo organizaría antes para aprovecharlo más y diligentemente me agencié un programa de actividades y empecé a marcar pulcramente con un rotulador fluorescente los eventos que más me interesaban. Sabía que no podría acudir a todos, pero no me podía imaginar lo que iba a ocurrir.

 De todas las personas que manifestaron su mayor o menor intención de unirse a mí sólo acudieron al final mi propia hija, que pese a su corta edad gusta de los hechos culturales, y una buena compañera de trabajo acompañada también de su hija. El resto pasaron y fue lo mejor que pudieron hacer.

 Con mi hija visité el museo Picasso, que es sí mismo es una colección de arte bastante pobre, con obras menores del artista, pese a todo le bombo que se le dio en su día. Lamentablemente esa noche no se llevaba a cabo la visita guiada, que compensa notablemente lo limitado de las obras expuestas encuadrándolas en el contexto de la vida y evolución del artista. Se ve que una noche tan importante desde el punto de vista cultural no justifica la aplicación de tal complemento (¡!). La cola fue moderada para lo que es común en esa noche. En algo menos de media horita estábamos dentro.

 Una vez fuera nos encontramos con mi compañera y su hija y tuvo lugar la fatídica decisión, mi fatídica decisión: ir a la visita guiada de la Alcazaba, que prometía una atmósfera mágica y una experiencia totalmente distinta a la visita diurna. ¡Y tan distinta!

 Para empezar estaba la cola. Así, a ojo de buen cubero, unas quinientas personas o puede que más. Casi una hora y tres cuartos esperando.

 Guardar cola, una cola tan pavorosa, es una experiencia rara. Si no estás en ella por absoluta necesidad te asalta continuamente la duda de si valdrá realmente la pena estar allí si no podrías estar dedicado a menesteres más productivos o al menos más agradables en otro lugar. Por otro lado, cuanto más tiempo pasa más te resistes a la idea de largarte de allí, en una absurda obstinación por no admitir que puedas estar perdiendo el tiempo miserablemente. Lenta y penosamente la cola fue avanzando y entonces, cuando ya estábamos casi en la puerta, saltó el pánico. Eran ya casi la 1:10 de la madrugada, hora en que empezaba de última visita y a partir de la cual no se permitiría la entrada de más público. Una empleada salió a contar la gente que podría entrar y la acompañaba un atocinado vigilante de seguridad, de esos que no sirven más que para hacer bulto. Entramos por poco. Entre los que quedaron fuera… el desconcierto, la incredulidad y la rabia. Por un instante temí que se armara un follón. Por suerte no pasó nada y los pobrecillos que habían guardado la cola para nada se comieron la frustración con papas, pero a nosotros no nos fue mucho mejor. Entramos aliviados, satisfechos y esperanzados. Algo por lo que hay que guardar tanta cola tiene que ser cojonudo a la fuerza. Pero nos encontramos con una guía de edad avanzada, absolutamente agotada y casi afónica a la que apenas escuchábamos. Para colmo el concierto de rock (que hasta a mí, que gusto del género, se me antojaba insoportable) atronaba en una calle cercana complicando más la situación. No sabía a quién tenía más ganas de patear el culo, si al melenudo que se desgañitaba al micro o al lumbreras que había organizado la distribución de los eventos. De todos modos no nos perdíamos gran cosa. La exposición de la guía era de lo más tópica (“Los musulmanes iniciaron la conquista de la Península Ibérica en el año 711…”) ¡Eso ya me lo sé!

 En el folleto se aseguraba que de noche la Alcazaba es otra y así es, sobre todo cuando a un mamarracho se le ocurre apagar las luces cuando aún hay una visita dentro y tienen que seguir al trote a una guía a la que pese a su cansancio aún le quedan fuerzas para apretar el paso al ritmo de ¡vamos que nos vamos! porque está frita por largarse. Se ve que la organización se propuso que nos enterásemos de cómo se podía sentir el personal en la alcazaba en el siglo XV por la noche, pero por lo menos podrían habernos dado antorchas o candiles de aceite para ver algo. Había puntos en los que no se veía absolutamente nada. Fue un milagro que nadie metiese el pie donde no debía o tropezase o cayera desde un nivel superior, pues la Alcazaba se dispone sobre una colina y los parapetos en los diferentes niveles que protegen de una caída al vacío son a veces insuficientes… y hay caídas bastante altas.

 Lo que está claro es que ciertos aspectos de la Noche en Blanco son una auténtica chapuza, que no siempre la cola más larga se guarda ante el mejor evento y que es una noche para vivir en la calle, yendo de un lado para otro y no en una cola de dos horas o en un vetusto castillo a oscuras. Lección aprendida.

lunes, 7 de mayo de 2012

MIRARSE EN LOS OJOS DE LOS DEMÁS


 Hay quien me pregunta cómo soy capaz de ponerme delante de un maltratador y hacer terapia con él. Entre las personas que atendemos en la Comunidad Terapéutica no faltan aquellas que han maltratado a sus parejas, a sus padres y madres, a sus hijos… La respuesta es clara: se trata de una persona como yo. El problema no es lo que le hace persona, sino aquello que la aleja de tal condición, es decir, sus comportamientos. Lo que hay oculto tras éstos es el objeto del trabajo terapéutico, luego ¿por qué habría de juzgarle o escandalizarme? Ayer mismo tuve una larga conversación con una persona que ha maltratado a su madre y a su pareja. Lo que más llamó mi atención es lo maltratado que se siente él mismo a día de hoy por las personas que le rodean, cuando él mismo continúa manteniendo conductas de maltrato hacia los demás. ¿Cuál puede ser el origen de esta   percepción tan deformada?

 Nos gusta creer que somos significativa e intrínsecamente distintos  a las personas que abusan de otras, que las humillan, que las golpean... Nos conmovemos y nos llenamos de rabia ante las noticias en prensa y en televisión que aluden al tema. Decimos que a esos habría que… ¿qué? ¿Qué habría que hacerles? Mi trabajo consiste en entenderles.

 Durante mi conversación con esta persona salió a relucir el hecho de que siempre la percepción del maltrato recibido ha sido siempre superior a la del maltrato infligido, aunque objetivamente las magnitudes fueran justo las contrarias. Pero es nuestra percepción la que condiciona la actitud que adquirimos ante el entorno y los hechos objetivos pasan a  un segundo plano. La percepción se convierte en un instrumento que hay que aprender a manejar, afinándolo y calibrándolo para que sea preciso y útil para el fin último que debería animar a todo ser humano: cuidar de sus semejantes o al menos dañarlos lo menos posible.

 Hay una experiencia crucial que todos deberíamos tener: poder vernos a través de los ojos de la persona que tenemos delante. Si pudiera hacerse de manera física, real, podría ser algo devastador. ¿Cómo quedaría la mente del maltratador si se pudiese ver a sí mismo gritándole y golpeándole? ¿Cómo cambiaría su visión de la realidad y de sí mismo? ¿Sufriría? Probablemente sí y pensaríamos que es justo castigo a todo el mal que ha infligido. Esto del justo castigo es un arquetipo sólidamente incrustado en el inconsciente colectivo.  Nos encanta. Se encarna incluso en personajes de cómic como el famoso Ghost Rider, “El Motorista Fantasma” que con su cadena de fuego infernal atrapa a los malvados haciéndoles sentir multiplicado todo el mal y el daño que han causado, con lo cual enloquecen y quedan reducidos a masas sollozantes. Este tipo de personajes justicieros suelen ser muy populares ya que responden a un anhelo ancestral de hacer sufrir a los que sufren, pero claro, desde una concepción del mundo muy simplista, un mundo de buenos y malos donde está muy claro quién es bueno y quien es malo. Las cosas no son tan simples.

 Esta mañana, saliendo de la Comunidad Terapéutica tras una jornada de veinticuatro horas, me preguntaba si tendré el coraje de verme a través de los ojos de los que más quiero. ¿Lo tendrá usted?

sábado, 5 de mayo de 2012

MARCO DIDIO FALCO (Continuación de Romanorum Vita)


 Aprovecho para recomendar la lectura de una serie de libros que me han enganchado. Siendo dos de mis géneros favoritos la novela histórica y las historias de detectives (recuérdese mi devoción por Sherlock Holmes) un libro que los conjugase me habría de enloquecer y así ha sido. La autora británica Lindsay Davis ha conseguido subyugarme con su serie sobre Marco Didio Falco, un investigador que vive sus aventuras en la Roma regida por el emperador Vespasiano, en el mismo periodo recreado por la exposición “Romanorum Vita”.

 Falco es lo que en Roma se llama “informante”: una especie de detective que lo mismo reune pruebas para pleitos privados, que investiga asesinatos o realiza delicadas misiones para el emperador; lo cual, dada su condición de republicano convencido, le genera no pocos conflictos internos que son rápidamente resueltos por su necesidad de cobrar, ya que Didio Falco, aparte de tener que pagar el alquiler del cuchitril donde vive y sobrevivir, tiene que auxiliar a su familia, formada por su madre (que le critica si piedad) y una pléyade de hermanas insufribles casadas con completos imbéciles y cargadas de niños. Él es el cabeza de familia, el paterfamilias, al menos formalmente, ya que nadie le hace ni puñetero caso. Tan penosa carga cayó sobre él por dos motivos: uno, su padre puso pies en polvorosa siendo él niño para fugarse con una pelirroja; dos, su hermano mayor, Didio Festo (un completo sinvergüenza, tan mujeriego y juerguista como Falco, pero sin el punto de ética y sentido de la justicia de éste) no tuvo mejor ocurrencia que, siendo legionario, dejarse matar en Judea. Falco hace lo que puede. Siempre anda escaso de dinero. Esmaracto, su casero, le acosa sin piedad e incluso ha de sufragar gastos de algún churumbel que su hermano dejó  por ahí.

 Aparte de su pintoresca familia hay tres personas significativas en la vida de Falco: un amigo, un enemigo y una mujer, como no podía ser de otra manera.

 El amigo es Petronio Longo, capitán de la Cuarta Cohorte de Vigiles (antiguo cuerpo policial de Roma) asignada al Aventino, el barrio en el que ambos crecieron. Un barrio duro. Fueron compañeros de tienda cuando ambos sirvieron en la Segunda Legión Augusta, en Britania. Un tipo grandote y afectuoso, de fiar.

 El enemigo es Anácrites, jefe del servicio secreto de Vespasiano, un tipo sinuoso y embustero al que Falco considera un inútil y que no vacila en servirse de él o en encarcelarle, según convenga.

 La mujer es Helena Justina, de familia aristocrática, valiente, obstinada e inteligente, además de bella. Su relación con Falco será sorprendente e inesperada.

 Bajo la pluma de Davis la procesión de personajes principales y secundarios cobra vida y se torna tan cercana y creíble como nuestro vecino de abajo, todo contra el fondo de una Roma colorida, fascinante, sórdida y peligrosa. Aunque habrá también otros escenarios, como los sombríos bosques de Germania o los abrasadores yermos de la Arabia Pétrea. En cualquier caso Falco no es un héroe, al menos no un héroe al uso, sino un tipo con problemas, con contradicciones, con miedos, con vicios… pero también con un mínimo de vergüenza, que es lo que le impide precipitarse en el abismo dentro de una sociedad corrupta.  No es más que un ser humano. Dos mil años antes o después… no hay nada nuevo bajo el sol.

jueves, 3 de mayo de 2012

ROMANORUM VITA

 Como buen aficionado a la historia, soy un amante de los museos. Entiendo que al común de los mortales les resulten aburridos, pero para mí tienen algo especial. Ver los objetos antiguos en sus vitrinas, los mapas, los dioramas y maquetas que representan enclaves decisivos de una época determinada... todo ello me permite asomarme al pasado y entender, al menos un poco, las vidas de las personas que vivieron siglos antes que yo y que en general lo hicieron todo lo bien que sus circunstancias les permitieron. Personas condicionadas por su época, lo mismo que lo estamos usted y yo.

 La historia del Imperio Romano me interesa particularmente, sobre todo el periodo que va desde las Guerras Púnicas, en las que se consolida como la gran potencia del Mediterráneo entre los siglos III y II antes de Cristo, hasta el siglo III después de Cristo, cuando la decadencia del Imperio comenzó a ser notoria e imparable. Seiscientos años absolutamente fascinantes, sobre todo por lo semejante que llegó a ser la sociedad romana a la nuestra. Ciudades superpobladas en las que la especulación del suelo llegó a ser galopante, en las que las clases populares se apiñaban en grandes manzanas de apartamentos llamadas insulae. Una sociedad marcada por la evolución y la descomposición de la clase política, por las crisis económicas, por la inflación... Una sociedad amante de los espectáculos y de los placeres... En fin, ¿qué más se puede decir?

 Para mí hubo un libro que detonó mi enamoramiento de la historia de Roma y se titula justamente así: "Historia de Roma". Su autor fue el periodista y escritor Indro Montanelli y el libro fue al principio publicado por entregas en el dominical del Corriere de la Sera. Este libro, junto con "Historia de los Griegos", del mismo autor, constituyen un maravilloso medio de acercar la Antigüedad Clásica al lector curioso. Montanelli consigue que personajes que en colegio nos llegaban acartonados como  César Augusto,  Pompeyo, Cicerón o el mismo Julio César bajen de sus pedestales y aparezcan como los seres de carne y hueso que fueron. Pero más allá de la historia de los grandes nombres y los grandes hechos está la intrahistoria que decía D. Miguel de Unamuno, la historia de la vida a pie de calle. Eso lo retrata magistralmente Montanelli y es lo es lo que refleja la exposición "Romanorum Vita" (o "La Vida de los Romanos", que para poco más me dio el latín del bachillerato).  La exposición, que visité con mi hija hace pocos días, nos traslada a una calle de una ciudad romana por la que podemos deambular, ver, oír y oler, para luego acceder a una vivienda de clase acomodada, una domus. La época: la segunda mitad del siglo I después de Cristo.

 Les invito encarecidamente a visitar la exposición, estacionada en Málaga hasta junio. La visita es muy breve, pero con un poco de imaginación nos permite trasladarnos en el tiempo. Me gustó mucho sentarme en las gradas que recrea la exposición e imaginarme en el foro de la ciudad, la plaza pública en la que era imprescindible estar si uno quería enterarse de los últimos chismes o escuchar el discurso del enésimo candidato a una magistratura antes de ir a tomar un refrigerio en alguna tabernae o de pasar la tarde en las termas.

 Sí, imaginación me sobra. Cada loco con su tema.

 http://www.romanorumvita.com/


HITLER, EL INCOMPETENTE