Detesto ir de compras. Primero porque soy un tacaño, segundo porque las aglomeraciones en espacios cerrados me agobian y tercero porque me revientan los vendedores. Ellos no tienen la culpa, pero yo tampoco. Las circunstancias nos han colocado en peldaños distintos de la cadena alimenticia. Ellos son los depredadores, yo la presa, pero ello no significa que se lo tenga que poner fácil.
Desde que el mundo es mundo los mercados han sido lugares dudosos en los que el vendedor de turno hacía trampas con el peso o trataba de darte gato por liebre de alguna otra manera. El regateo era costumbre casi obligada, tanto que de no llevarse a cabo se le quitaba el chiste a la cosa. Ello podemos seguirlo viendo en los zocos de países musulmanes, pero en nuestra sociedad occidental, donde todo tiene un precio tarifado y puesto por escrito se ha perdido el chiste del ritual, pero no la política de venderte una porquería obteniendo el mayor beneficio posible. Hay valores universales.

¿Es posible hoy día, en la época de las autopistas de la información, la Wikipedia y la Encarta vender un diccionario enciclopédico de veinte tomos? ¡Sí lo es! ¡A idiotas como yo!
Una vez me contaron un chiste malísimo: “Mamá, mamá, ¿crees en los extraterrestres? Pues no –dice la madre-. Es que en la puerta hay un señor que dice que es del planeta Agostini”. Yo me reí, pues tengo una imaginación muy viva y formé rápidamente la imagen mental de un señor bajito, con gruesas gafas, ligeramente estrábico y con un enfermizo tono de piel. Es decir, toda la pinta de un extraterrestre de tapadillo, dispuesto a quitarse la careta en cualquier momento y fulminarnos con la pistola láser que lleva en el maletín. El chiste parece anunciar la decadencia del vendedor de enciclopedias clásico, ¡pero nada más lejos de la realidad! Planeta de Agostini tiene una legión de vendedores curtidos y motivados que se las saben todas. Hace tres años uno de estos ejemplares me colocó una enciclopedia temática y un diccionario enciclopédico porque cometí la estupidez de dejarle entrar, vio mis anaqueles de libros y la vieja enciclopedia Salvat con la que hice todos los trabajos de la EGB, del BUP y del COU y supo que yo era una presa fácil, además me tentó con un PC portátil de regalo. Las cuotas se me están haciendo una condena y lo peor es que mi hijo mayor ha pasado olímpicamente de las puñeteras enciclopedias (aún conservo la esperanza que mi hija la use, pero ¡ay! Internet es mucho más cómodo).
Como sea que llevo tres años pagando, debe ser que ya estoy a punto de terminar, pues hace un par de días volvieron a la carga. Yo estaba echando la siesta (“de pijama y orinal” como decía D. Camilo José Cela, uno de los lujos que me permito en los días libres) ¡y se metieron en casa! Mi esposa no logró impedirles la entrada. Eran dos, uno mayor y otro joven, maestro y aprendiz, Jedi y padawan, poli malo y poli bueno. Mi señora me despertó (lo cual no contribuyó a ponerme de buen humor precisamente) y los encontré instalados en mi cocina. El maestro era agresivo, su verborrea fluía como un torrente. El aprendiz estaba abochornado por el descaro de su compañero y no abrió la boca. Preveo que no hará carrera en la profesión. Este fue, más o menos, el parlamento que se estableció:
“Vengo a ofrecerle una enciclopedia temática de historia para completar su colección”.
“No estoy interesado”.
“Sólo le supondrá un aumento de dos euros en su cuota mensual”.
“Le digo que no estoy interesado”.
“Puedo ofrecerle de regalo este robot de cocina valorado en…” insistía enarbolando la foto de una especie de termomix delante de las narices de mi esposa, sin duda esperando tentarla y recabar su apoyo, claro que para mi esposa, al igual que para mí, una termomix resulta tan tentadora como una tortuga de tierra.
“Mire usted” insistí “ya les he comprado la enciclopedia temática y el diccionario enciclopédico que no hacen sino coger polvo. Estoy muy arrepentido de haberlo hecho y estoy loco por terminar de pagarlas. Detestaría hacerles perder más su tiempo”.
Estas palabras tuvieron un efecto inmediato. Recogieron sus bártulos en un santiamén y se largaron. Los vendedores son implacables: detectan nuestras fragilidades y las explotan, pero ante una postura decidida están desarmados. No es preciso faltarles al respeto ni soltarles el perro (además, mi retriever habría hecho poco más que olisquearles la entrepierna y lamerles la mano). Se les puede mandar a tomar por saco con la mayor de las correcciones. Ante todo buenos modales, por favor.
Y si yo le dije lo mismo q tu...q no estaba interesada. Porque no vale lo q yo digo? Tqmcltat
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