Hace unos días regresé a casa después de un día de guardia y encontré el inusual espectáculo de coches de policía con las luces giratorias encendidas en mi calle acordonada, los inevitables corrillos de curiosos que acuden a mirar y un coche fúnebre. Una señora había caído desde el duodécimo piso del edificio contiguo al mío, gigantescas torres de pisos herencia del desarrollismo franquista. No se trataba de un accidente, la fallecida había saltado e incluso había telefoneado a algunas personas conocidas para despedirse antes de su expeditivo suicidio. Digo expeditivo porque existen maneras y maneras de poner fin a la propia vida (o al menos de intentarlo). Hay quien dice que ciertos intentos de suicidio no son sino llamadas de atención (puede que sea cierto, pero hay maneras de llamar la atención sin pasearse por el filo del precipicio; llamar la atención tragándose una docena de valium con un trago de whisky es algo a lo que hay que dar importancia) sin embargo, cuando hablamos de un salto al vacío desde cincuenta metros no cabe duda posible: esa persona estaba decidida a morir y lo hizo sin posibilidades de vuelta atrás o de un rescate in extremis.

“No, VIENEN del infierno”.
Hay demasiadas almas perdidas en un caos de vacío e incomprensión. Vecinos suyos y míos, puede que personas a las que vemos prácticamente a diario o incluso de nuestro círculo próximo. Dramas privados que tienen lugar de manera callada, a menudo ante nuestra ignorancia o nuestra indiferencia. La señora que acabó su vida en la sucia acera de mi calle era conocida por mucha gente, mucha gente sabía de su depresión desde hacía años, sin embargo sólo le echaron cuenta cuando estuvo muerta y de repente tuvo la atención del barrio entero que se congregó a ver cómo un juez ordenaba levantar su cadáver y las pompas fúnebres se la llevaban. Al final será verdad que a veces hay que hacer algo gordo para que el personal te haga algo de caso, aunque ya no sirva de nada.
Escuché la triste noticia tomando un café un rato antes de entrar en el taller de costura. Y me estremeció, qué pasaría por la mente de esa señora mientras caia a la calle. No lo sabremos nunca, pero desde luego seguramente ella pensaría que esa es la unica manera de huir del infierno que estaba teniendo. Muchas veces hay que ponerse en el pellejo del otro... Para entender, aunque cueste... siempre hay alguna razón para las cosas. Simplemente ella ya no podía más. Se me ocurren mil situaciones... Pobre mujer ¿verdad?
ResponderEliminarUn beso
María
www.mamitadelsur.blogspot.com
Dios sabe... Otro beso a tí, mamita.
ResponderEliminar